“El dinero es cobarde”. Es una frase hecha que encierra más de un mensaje: en primer lugar, significa que los capitalistas huirán de la incertidumbre y la inestabilidad, pero también alude a que resignarán muchas cosas con tal de enriquecerse. Es decir, no le pidas a un empresario que se inmole por la defensa de ninguna idea, ni siquiera por sostener el propio sistema capitalista, porque preferirá siempre, o casi siempre, sobrevivir él mismo y que engorde su capital, aún a costa de las libertades, las virtudes públicas, o la propia economía de mercado.
Las sociedades capitalistas lo saben hace mucho, y por eso no confían la defensa de sus reglas de mercado ni los derechos de propiedad a los beneficiarios principales, sino a aparatos estatales que actúan con autonomía ante estos y los demás actores particulares.
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Y Milei, que parece estar descubriendo recién ahora la importancia y las implicancias de esta cuestión, tal vez pueda extraer de ella otra buena razón por la que, finalmente, la premisa inicial de su programa de gobierno, que era necesario destruir al Estado para que la economía abierta prosperara, no tenía mayor sentido.
Ahora bien: ¿por qué este sorpresivo interés de Milei en pelearse, con la opinión pública como testigo, con grandes empresarios domésticos, y reprocharles su complicidad con políticas anticapitalistas y antimercado, y en consecuencia, con los fracasos económicos acumulados en nuestra historia reciente?

Parte del problema se origina en las quejas de esos capitalistas por las consecuencias de exponerlos a una mayor competencia externa: según el gobierno, en ello no se expresaría un sano interés por preservar fuentes de trabajo y capacidades productivas socialmente útiles, actualmente en riesgo, sino la pretensión de seguir “cazando en el zoológico”, sacando beneficios espurios de una economía cerrada que sostiene unos pocos miles de empleos, en actividades poco eficientes pero que aseguran altísimas tasas de ganancias, a costa de sobreprecios que paga la enorme mayoría de los argentinos y los condenan al empobrecimiento, y a costa también, tal como se ha podido comprobar en los últimos años, de sacrificar cada vez más las reglas de mercado, vía cepos, prohibiciones, barreras y regulaciones de todo tipo, que aíslan al país del resto del mundo, con el “curro de la soberanía” como bandera.
En suma, esas quejas, que se generalizaron a raíz de los cierres en la industria textil, la de neumáticos, licitaciones fracasadas en el caso de Techint, y otros episodios por el estilo, no serían prueba de que el programa oficial está desencaminado, sino parte de la “destrucción creativa” esperable de su avance y su pronto suceso, los ruidos esperables de una estructura que se quiebra, porque se resiste a cambiar, y de la transición a una nueva economía más abierta, productiva y sana. Donde los empresarios se enriquecerán junto con sus clientes, no a costa de ellos, y también sus empleados, en consecuencia, se multiplicarán y serán felices.
La alternativa sería dejar las cosas como están. Y que Argentina produzca neumáticos, pero a costa de consumir neumáticos viejos y caros, por tanto volverse más y más atrasada y pobre, como ha venido sucediendo en las últimas dos décadas al menos, o en las últimas siete si consideramos el problema más en general, y solo sean felices los empresarios productores de neumáticos. Lo que solo puede sostenerse si el sistema se vuelve además más y más autoritario y cerrado: como puede comprobarse en todos lados donde imperan capitalismos de estado, con reglas prebendarias y colusivas de acumulación. Los dueños del dinero se convierten primero en socios del poder estatal, y progresivamente se vuelven indistinguibles de ese poder, un engranaje más de un régimen que carece de todos los rasgos que hacen pujante un capitalismo y posible la democracia, porque no hay competencia, ni reglas de mercado, ni incentivos a la productividad, y en última instancia tampoco derechos de propiedad ni estado de derecho que valgan. La Rusia de Putin es un buen ejemplo. Y la Argentina de los Kirchner tendió a parecerse cada vez más a eso.
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¿Podían hacer algo más de lo que hicieron los capitalistas argentinos para evitar esa deriva en las décadas pasadas, para combatir un sistema de poder que tendía, en última instancia, a extinguir las condiciones de su propia existencia como tales?
Seguramente, algunos sí. Y otros debieron hacer menos por sumarse a esa ola y sacar todos los beneficios posibles de ella, mientras los premios por colaborar con los oficialismos de turno abundaron.
Pero volvamos a la idea del comienzo: era de esperar que así fuera, porque “el dinero es cobarde”, y los empresarios son, por sobre todas las cosas, acumuladores de dinero. Y también porque lo mismo sucedió con todas las demás capas sociales, los más pobres beneficiarios de planes sociales, buena parte de las clases medias, los empleados sindicalizados, los artistas, los académicos, los jueces y los periodistas. Así que la discusión al respecto se vuelve un poco irrelevante.

Recordemos que ya se había planteado, más o menos en esos mismos términos, en tiempos de Macri. Se suponía que era “el gobierno de los empresarios”, pero en verdad terminó peleado con la mayoría. Fue el primer ministro de producción de esa gestión el que puso el problema sobre el tapete, cuando denunció el “lloriqueo” constante de los capitalistas argentinos, que estaban, según él, mal acostumbrados a mamar de infinidad de tetas del Estado. Tras decir eso, Francisco Cabrera tuvo que renunciar y lo reemplazó Dante Sica, y lo primero que hizo el nuevo ministro fue desdecir a su antecesor: Sica llamó a los empresarios argentinos “héroes” por haber sobrevivido a infinidad de crisis, cambios de políticas y maltratos de todo tipo. ¿No tenían los dos un poco de razón?
Recordemos también que, pese a esas lisonjas, los empresarios no acompañaron con muchas ganas el esfuerzo de Macri por ajustar la economía en sus dos últimos años de mandato. La mayor parte de las entidades empresarias, con la UIA a la cabeza, prefirieron que volviera el kirchnerismo al poder, con la cara supuestamente lavada por la presencia de Alberto Fernández y Sergio Massa en su coalición de gobierno.
Milei, que seguramente recuerda lo mucho que hicieron no pocas entidades empresarias por apoyar a Massa en el balotaje de 2023, está ahora con especiales ganas de reprocharles los curros con las DJAI, su aval a cepos cambiarios y barreras comerciales de todo tipo, y las consecuencias que todo eso trajo a la sociedad. Pero lo cierto es que poco tiempo atrás también hizo como Sica, y los llamó “héroes” por haber sobrevivido a un Estado ladrón y arbitrario, incluso a través de la poco noble evasión tributaria, la especulación cambiaria y otras lindezas con que los argentinos en general nos hemos “protegido” del fisco, las crisis y la inflación.

¿Por qué entonces el cambio de tono, por qué ahora?
Primero y fundamental, porque entiende algo que Mauricio Macri nunca comprendió: que es mejor no ser considerado el “gobierno de los ricos”, para empezar, por parte de los mismos ricos, porque de dejarse llevar por esa idea, estos se van a considerar con derecho a reclamarle de todo. Y además, porque los demás van a sospechar que gobierna privilegiándolos y sacrificando los intereses de la gente del llano, aunque no lo haga.
Así que seguro Milei no se va a arrepentir de sus ataques a los “empresaurios”, no va a despedir a ningún Pancho Cabrera para mostrarse conciliador. Insistirá en esta batalla, porque considera que tiene bastante más para ganar que para perder en ella.
Segundo, porque necesita en este momento más que nunca de esa legitimidad, dadas las dificultades que está enfrentando para hacer crecer la economía al ritmo que esperaba y que prometió.
En ese contexto, necesita justificar que hacen falta más reformas, no menos, que es preciso profundizar el camino emprendido, no corregirlo. Aun cuando eso implique costos mayores para determinadas empresas o sectores de actividad, porque implicará beneficios más amplios para los demás, incluidas otras empresas y sectores de actividad que tienen más chances de actuar como locomotoras de la economía en su conjunto.
Mientras más tarden en aparecer esas locomotoras, más necesitará Milei de justificaciones para hacer sacrificios y movilizarlas. La pelea contra sectores real o supuestamente ineficientes es parte esencial de esa apuesta.
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Y tercero, porque puede así imponer sus reglas y sus términos de negociación a los actores con los que tendrá que administrar la transición. Ubicándolos, para empezar, en un terreno de pérdidas, espera seguramente que se vuelvan más dóciles a la hora de ceder en los asuntos que al gobierno más le interesan. Así ha actuado con los gobernadores y bancadas dialoguistas, y le fue bastante bien. También hizo algo parecido con los sindicalistas, y hasta ahora le va funcionando. No hay que descartar que con los grandes empresarios suceda otro tanto, porque recordemos, el dinero es cobarde.
Hay, finalmente, también otro factor, estrictamente político, que está impulsando a Milei en esta ofensiva: y es que a medida que se debilita la resistencia de la dirigencia de todos los demás partidos a acompañarlo, incluida la de buena parte del peronismo, y más controla el sistema institucional, en particular el Congreso, más difícil le resulta polarizar contra “la casta”.
Incluso el kirchnerismo se le está desdibujando como adversario, ahora que pierde peso legislativo, entre los gobernadores y en el sindicalismo y los movimientos sociales. Y Milei necesita polarizar con alguien con poder, construir adversarios desafiantes, para conservar su rol de outsider y expresión del pueblo llano.
¿Qué mejor entonces que enfrentarse con quienes han sido identificados como “los dueños de la Argentina”, el poder permanente que sobrevivió a todos los gobiernos, todas las crisis y todas las políticas económicas, torciéndolas siempre a su favor? Muy sabiamente, la mayoría de los capitanes de la industria se están resistiendo a entrar en ese juego. Pero alguno que otro pisa el palito, y con eso a Milei le alcanza.



