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El frente financiero gana tiempo, pero el crecimiento sigue bajo presión
De cara a 2026, la proyección resulta exigente en términos de dinámica. Aun bajo un escenario de rebote, difícilmente supere el 3%.


De cara a 2026, la proyección resulta exigente en términos de dinámica. Aun bajo un escenario de rebote, difícilmente supere el 3%.

OPINIÓN. En el frente financiero, el año pasado se caracterizó por un elevado nivel de incertidumbre y volatilidad, asociado al calendario electoral y al esquema de acumulación de reservas.

Más allá de la necesaria reducción del costo laboral, los cambios impositivos deben avanzar de manera coordinada, ya que contribuyen a simplificar un esquema excesivamente complejo.

Hoy la principal incógnita es el nivel en el que se estabilizará el mercado cambiario. La principal variable será el atesoramiento de los individuos.

Es altamente probable que la desinflación continúe. El ancla fiscal seguirá siendo determinante.

Una de las claves para seguir lo que viene es monitorear la velocidad con la que la baja de tasas se traslada al crédito.

El principal desafío es reducir la volatilidad y los elevados niveles de tasas de interés observados entre agosto y octubre.
La relación entre inflación y tipo de cambio es inéditamente baja para la economía argentina, un dato alentador de cara a una eventual corrección del esquema cambiario.

El apoyo político de Estados Unidos y la liquidación del agro lograron estabilizar momentáneamente el escenario. Esta ventana es transitoria. La verdadera oportunidad radica en transformar este respiro en una plataforma para rediseñar el esquema cambiario de manera integral.

El segundo semestre estará condicionado por tasas de interés históricamente altas, poco compatibles con una recuperación de la actividad dado el encarecimiento del crédito.

Aunque se esperaba un efecto adicional en los precios, lo cierto es que el tipo de cambio retrocedió 3,2% en lo que va del mes.

Las expectativas están puestas en que un resultado favorable en octubre permita regresar plenamente a los mercados internacionales.

Si bien esta táctica busca contener las presiones cambiarias e inflacionarias en el corto plazo, podría comprometer la sostenibilidad de la deuda en el mediano plazo.

En abril de 2025, nos encontramos apenas un 0,64% por debajo del nivel histórico de actividad. La cuestión clave, de aquí en adelante, será determinar si estamos en condiciones de superarlo.

En un año electoral, es esperable que resurja cierta presión dolarizadora hacia octubre.

Si la Argentina aspira a mejorar su competitividad para alcanzar un crecimiento sostenido, no deben subestimarse los efectos colaterales.

El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) registró un crecimiento intermensual sostenido hasta febrero de 2025. No obstante, esta dinámica se interrumpió en marzo.

Tanto en el frente fiscal como en el de la actividad económica, se viene configurando un escenario robusto y consistente.

El acuerdo con el FMI, que aporta fondos frescos y facilita la reapertura de los mercados internacionales para el Tesoro, permitiría fortalecer el financiamiento externo y aliviar las tensiones cambiarias.

La deuda externa acumulada por importaciones fue un tema de debate durante 2022 y 2023. A partir de la actual gestión, el flujo comenzó a regularizarse gradualmente hasta normalizarse. Sin embargo, la situación en relación con el stock ha sido distinta.