Cuando apareció el ferrocarril, hubo quienes advirtieron que viajar a velocidades desconocidas podía ser una amenaza para el cuerpo humano. Cuando la electricidad comenzó a iluminar las ciudades, también fue considerada peligrosa. El automóvil fue acusado de poner en riesgo la vida y alterar para siempre las ciudades. La aviación despertó temores semejantes. La energía nuclear llevó el debate a una escala mayor.
Ninguna de esas tecnologías estaba exenta de riesgos. Pero existe una diferencia entre reconocer un riesgo y temerle al progreso. La IA nos coloca nuevamente frente a esa disyuntiva.
El debate actual alrededor de la IA tiene algo particularmente llamativo: algunas de las voces más preocupadas por sus consecuencias no provienen de personas ajenas a la tecnología, sino de quienes están construyendo su futuro.
Elon Musk de Tesla, Sam Altman de OpenAI, Dario Amodei de Anthropic, están planteando la necesidad de reducir el ritmo de desarrollo mientras se fortalecen los mecanismos de seguridad. Sus preocupaciones no deberían ser ridiculizadas. Pero tampoco deberían convertirse en una doctrina de parálisis.
¿Qué ocurre si decidimos que el miedo es una razón suficiente para detener el progreso? El progreso nunca fue ausencia de riesgo. La humanidad no progresó porque descubrió cómo eliminar todos los riesgos, sino porque aprendió a administrarlos. El fuego podía quemar una casa, pero también permitió cocinar alimentos y sobrevivir al frío.

La electricidad podía matar, pero permitió iluminar ciudades, conservar alimentos, desarrollar hospitales y multiplicar nuestra capacidad productiva. Lo mismo ocurre con Internet, que podía ser utilizado para cometer delitos, difundir información falsa o manipular personas. También permitió que un estudiante en una pequeña ciudad accediera gratuitamente a bibliotecas, universidades y conocimiento producido en cualquier lugar.
El criterio razonable nunca fue destruir la herramienta porque podía utilizarse mal. Fue aprender a utilizarla mejor. La IA puede hacer lo mismo, pero a una escala desconocida, especialmente a nivel intelectual. Es decir, puede ayudarnos a investigar enfermedades, analizar enormes cantidades de información, desarrollar nuevos materiales, mejorar procesos industriales, personalizar la educación y acelerar descubrimientos científicos.
Puede convertirse en una herramienta extraordinaria para un médico que necesita analizar miles de estudios o para un pequeño empresario que hasta ayer no podía acceder a determinadas capacidades profesionales.
También para un investigador que trabaja desde un país periférico y puede acceder, mediante una computadora, a capacidades intelectuales que antes estaban concentradas en grandes instituciones. Ese último punto merece especial atención. Porque la tecnología no solamente puede hacer más ricos a los países desarrollados. También puede democratizar capacidades.
Por ejemplo, un teléfono inteligente puso en manos de millones de personas herramientas que alguna vez estuvieron reservadas para gobiernos, grandes empresas y laboratorios. La IA puede llevar ese proceso mucho más lejos. El verdadero peligro podría ser no avanzar
Imaginemos si Estados Unidos, Europa o las democracias occidentales deciden frenar unilateralmente el desarrollo de la IA, ¿por eso desaparecerá la tecnología? No, alguien más avanzará más rápido.

China ya considera la IA una prioridad estratégica y ha rechazado la idea de que las preocupaciones de seguridad puedan convertirse en un freno al desarrollo tecnológico. Por eso la discusión no puede ser simplemente “IA sí” o “IA no”, sino cómo conseguimos que la humanidad pueda aprovechar el progreso sin entregar el futuro al miedo de los riesgos.
Aún así, esto no significa quedarse inmóvil. Que existan riesgos no significa que toda regulación sea mala. Hay ámbitos en los que establecer estándares de seguridad, exigir transparencia o perseguir usos criminales de una tecnología resulta perfectamente razonable.
Pero existe una diferencia enorme entre regular los daños y regular el progreso. La primera puede proteger la libertad. La segunda puede terminar destruyéndola.
Una legislación que impida desarrollar una tecnología porque todavía no conocemos todas sus posibles aplicaciones no es prudencia: es una apuesta por la ignorancia. Y la historia demuestra que las sociedades que deciden esperar hasta comprender completamente una tecnología antes de utilizarla probablemente esperarán para siempre.
Quizás la pregunta más importante no sea si la IA será peligrosa. La pregunta verdaderamente importante es si seremos capaces de construir instituciones suficientemente libres y adaptables como para aprovechar sus beneficios y limitar sus abusos.
*Jeremías Rucci es Project Manager de la Fundación Internacional Bases.



