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La sonrisa política

OPINIÓN. Nuestros políticos sonríen con frecuencia. En ciertos contextos, se puede sospechar estar delante de un engaño. Una vez que la sonrisa cayó en la desconfianza, es dificil que pueda salir de ella.

Vicente Palermo
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Vicente Palermo

17 de julio 2021, 06:09hs
Wado de Pedro, Alberto Fernández y Santiago Cafiero (foto Clarín).
Wado de Pedro, Alberto Fernández y Santiago Cafiero (foto Clarín).
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La sonrisa ha sido siempre –en especial desde que existen los medios audiovisuales– un componente fundamental de la imagen política. Un exponente clásico de la sonrisa estética es nada menos que Nicolás Maquiavelo, pensador y consumado oficiante de la política.

Mucho más que la risa. La risa es algo menos ambigua, pero más riesgosa. Quien ríe, más allá de que no siempre su risa pueda ser bien identificada –¿como franca, noble o como sardónica, denotando un sarcasmo?– es más directo; quien se atreve a reír en público no tiene nada que ocultar, al menos es lo que puede presumirse.

La risa es más riesgosa por dos motivos: primero, el que ríe tiene menos control sobre su gesto; el que sonríe, no se expone a caer en el exceso, en la falta de moderación. Y segundo, lo más importante, la risa expresa un estado de ánimo de quien ríe, no mucho más que eso, que en política o es muy poco o puede empujar al rechazo de los observadores.

La sonrisa, en cambio, hace posible –por supuesto, no seguro– un fenómeno fundamental de la política: la identificación. La hace posible porque evoca como ningún otro gesto lo que la risa no es capaz de evocar: confianza, si se quiere perspicacia, inteligencia, una cierta alegría moderada que, se supone, proviene de la acción. En suma, si nos toca el corazón –no siempre sucede– nos identifica con el protagonista del gesto en una suerte de lazo genuinamente político. Estamos contentos con lo que hacemos por usted, ojalá usted pueda comprenderlo. Pero estamos en un camino, que lleva tiempo; contamos con su confianza. Pensándolo bien, la sonrisa es el gesto político por excelencia.

Dicho esto, pregunto al lector si no advirtió la extrema frecuencia con la que sonríen –al menos frente al público– nuestros políticos. Sonreír, más que una conducta frecuente, parece ser una conducta obligada. Muy especialmente entre los políticos que nos gobiernan.

Palermo: "La gestualidad, como tantas otras cosas, es ambivalente en los receptores" (imagen Clarín).
Palermo: "La gestualidad, como tantas otras cosas, es ambivalente en los receptores" (imagen Clarín).

La fotografía que encabeza esta nota es emblemática. Casi una curiosidad: Fernández, de Pedro, Cafiero, sonríen al unísono. Observemos que se trata de sonrisas diferentes, sobre una base común: lo común es la autoconfianza y la satisfacción con el deber cumplido y que irán cumpliendo, la fe en el futuro.

De Pedro acompaña un porte erguido casi marcial con una sonrisa que –indudablemente– modera ese porte; su mirada (todo el rostro sonríe) es perfectamente horizontal, apunta más allá del horizonte. Una mirada hacia el tiempo más que hacia el espacio. La sonrisa del Jefe de Gabinete es casi una risa. Casi; o sea, una expresión contenida de júbilo. No de otro modo se disponían los héroes antiguos para el combate en el que, probablemente, darían la vida. Su mirada no se dirige tan lejos como la de Wado; su sonrisa está presidida por aquella alegría juvenil que lo embriaga, por el corazón limpio.

Ya la sonrisa del Presidente (Fernández, el del medio) es la de la confianza reflexiva en sí mismo y en su equipo. Sobre todo en sí mismo: la complejidad de los problemas que lo desvelan es grande, pero él tiene fe: los puede sobrellevar. Sonríe mirando al suelo, donde bien plantado está. Es imposible sustraerse a la potencia de todo este regocijo. No obstante, sabemos que la gestualidad, como tantas otras cosas, es ambivalente en los receptores.

En ciertos contextos –estimo que es el caso argentino actual uno de ellos–, la valencia que el emisor atribuye a su gesto puede ser sustituida por otra. Así, la autenticidad puede dar paso a la artificialidad. El receptor no cree, no incorpora ninguno de los supuestos efectos de la sonrisa (confianza, compromiso, amplitud de miras, etc.), y por lo tanto sospecha estar (conscientemente o no) delante de un engaño. Juzga artificial la sonrisa y se deshace su encanto. Una vez que la sonrisa ha caído en la trampa de la desconfianza, difícilmente pueda salir de ella.

Nicolás Maquiavello y la sonrisa, en una de sus imagenes más conocidas.
Nicolás Maquiavello y la sonrisa, en una de sus imagenes más conocidas.

Pero volvamos al maestro Niccoló; como dije, es a mi juicio el epítome de la sonrisa política. Maquiavelo mira al observador y sonríe pero, ¿qué denota su sonrisa? Una cierta ironía, un humor leve y profundo y una autoconfianza centrada en la perspicacia. Su sonrisa es enigmática y, sin embargo, es imposible –quizás precisamente por eso, por el toque de lo incognoscible que la afecta, y por el dejo de astucia que la distingue, y que no deja de infundir cierto miedo– que el receptor la considere artificial.

Pero claro, en tiempos de Maquiavelo la gente en general no votaba. Puede ser que, en nuestros tiempos, la sonrisa del escepticismo sea considerada un arma de doble filo. Sin embargo, el escepticismo sonriente también incluye una promesa, que es en definitiva lo que importa. No soy tan tonto; te prometo hacer la menor cantidad de tonterías posible.

(*) Vicente Palermo es politólogo y ensayista argentino, fundador del Club Político Argentino y ganador del Premio Nacional de Cultura en 2012, en 2019 y del Premio Konex de Platino en 2016.

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