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    Sara Rus, la madre de Plaza de Mayo que sobrevivió en Auschwitz

    Apenas adolescente, padeció los horrores del genocidio nazi y se refugió en la Argentina buscando paz, pero la dictadura secuestró a su hijo Daniel, físico nuclear.

    Miriam Lewin
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    Miriam Lewin

    23 de enero 2020, 12:53hs
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    Sara Rus nació en Lodz, Polonia, con otro nombre, Shejne Miriam. De su infancia, recuerda un jardín de infantes con mesitas blancas y el taller de sastrería de su papá, gracias al que aprendió a hablar alemán naturalmente porque muchos de sus clientes lo hablaban.Tal vez fue eso lo que le salvó la vida, aunque quién sabe. Su padre también lo hablaba y probablemente lo hayan matado en Auschwitz-Birkenau: todo era parte de la locura asesina nazi, ajena a toda lógica.

    // Fueron amantes en Auschwitz y se reencontraron 72 años después

    "Venían al negocio hombres y mujeres, a hacerse trajes y pieles. En casa nos comunicábamos en idish y polaco, pero se enseñaba mucho el alemán", dice.

    De los polacos, está convencida de que eran antisemitas en su mayoría. "No todos, por supuesto; hubo iglesias que protegían a los judíos y los escondían. Hubo muchas familias que refugiaron a chicos judíos para salvarlos. Aunque tengo que decirlo, algunos se quisieron quedar con esos hijos después de la guerra, cuando sus familias fueron a recuperarlos, y las ahuyentaron hasta con armas. Conozco el caso de un tío que tuvo muchas dificultades para volver a juntarse con su sobrino", lamenta.

    A sus 93 años, a menudo recuerda cosas, escenas y conversaciones que se habían borrado de su mente y que reaparecen ahora, como aquella vez que robó una cucharada de manteca en el campo de concentración y se la hizo comer a su mamá, que estaba desfalleciente. Su hija Natalia la mira con atención, a pesar de que seguramente habrá escuchado las mismas historias una y mil veces.

    No recuerda con precisión cuándo fue que su madre rompió el frecuente silencio de los sobrevivientes. "Fue cuando vino Spielberg a hacer entrevistas. Los que sobrevivieron no hablaban porque sentían culpa de estar vivos. De que hubieran matado a todas sus familias mientras ellos estaban aquí o pudieron escapar", aventura.

    Cuando se armó el ghetto de Lodz, Sara tenía 12 años. Sabía del hitlerismo, porque tenía parientes alemanes judíos que habían tenido que emigrar a Polonia cuando el Führer llegó al poder. "Vivían cerca de nosotros, mi madre les ayudó a instalarse. Desgraciadamente, luego tuvieron que mudarse al ghetto como todos nosotros. Se organizó en un barrio bastante humilde. Seguramente sacaron a los polacos y los mandaron a la ciudad. Los alemanes entraban a las casas a robar, y los agarraban afuera, les cortaban las barbas y las patillas largas, los hacían ponerse de rodillas. No podíamos caminar por las veredas con las estrellas de David y cintos en los brazos, amarillos, sólo por la calle", rememora.

    Daniel Rus, el hijo de Sara, era físico nuclear. Lo secuestraron en 1977, a los 26 años. Foto: Familia Rus
    Daniel Rus, el hijo de Sara, era físico nuclear. Lo secuestraron en 1977, a los 26 años. Foto: Familia Rus

    Al principio hubo un poco de enseñanza particular a falta de escuelas, pero después ya no, desapareció todo, según Sara. Se armaron fábricas donde todo el mundo tenía que trabajar. "Empezamos a sufrir hambre de manera terrible. Teníamos talonarios para recibir comida a cambio del trabajo. Me tocó una fábrica de sombreritos de niños que se enviaban a Alemania. Tenía 13 años, pero trabajaba doble, para cubrir a mi mamá que estaba muy débil y enferma", explica.

    "Vivíamos apretujados en el ghetto. Cada familia, amontonada en una pieza. Traían gente de las provincias", recuerda.

    La mayor de las ilusiones de Sara llegó en el peor momento. "Yo siempre quise un hermano. Mi mamá quedó embarazada en el '39, pero el bebé precioso, que nació en el ghetto, murió de desnutrición. El segundo, lo mataron los alemanes. Y ya no hubo más hermanitos", murmura Sara bajando la vista.

    Admite que "censura" sus recuerdos cuando los transmite. "No cuento tanto porque no quiero hacer sufrir. Venían camiones al ghetto y se llevaban niños del lado de sus padres y a las mujeres que tenían mal aspecto y estaban flacas también. Los alemanes elegían en el patio. Por eso vestíamos a mi mamá con varios abrigos para que aparentara que era más gorda y la pintábamos para que tuviera más color en la cara".

    La madre de Sara, una amiga, su hija y su marido, asesinado en Auschwitz Birkenau.  Antes de la invasión alemana a Polonia. Foto: Familia Rus
    La madre de Sara, una amiga, su hija y su marido, asesinado en Auschwitz Birkenau. Antes de la invasión alemana a Polonia. Foto: Familia Rus

    Una historia de amor que todo el mundo quiere escuchar

    Sara insiste en relatar un encuentro que le cambió la vida. Un día, un domingo que no se trabajaba en el ghetto, su padre bajó a la calle y encontró un joven que lo invitó a su casa. "Yo tenía 14 o 15 años. Hablando con él lo empecé a mirar demasiado, como decía mi mamá", se ríe. Él preguntó adonde irían si terminara la guerra. "A la Argentina", fue la respuesta. "Yo leí mucho sobre la Argentina. Es un país muy joven y tiene mucho futuro", contestó Bernardo, que era el nombre del muchacho.

    "Me pidió una libretita y anotó una fecha y un lugar para encontrarnos: el edificio Kavanagh, un edificio muy alto en Buenos Aires -me dijo-, y el 5-5-45", precisa. Sara y Bernardo no se encontraron allí, pero el día fue el mismo en que las tropas aliadas liberaron el campo en el que habían estado Sara y su madre.

    El transporte a Auschwitz Birkenau

    Sara fue obligada a subir con sus padres a un convoy de vagones para animales. "Había mucha gente, pero no conocíamos a nadie. Pusieron un balde para que hiciéramos nuestras necesidades, en frente de todos. Después, llegamos a Birkenau, al lado de Auschwitz. No nos tatuaban, porque nuestro destino era la muerte", sentencia Sara.

    "Yo tenía un anillito de oro que me había regalado un amigo del ghetto. Lo escondí en la boca, pero mi mamá se dio cuenta y me lo hizo escupir. '¡Tiren todo!', era la orden de los alemanes. Tuvimos que dejar todo lo que traíamos y quedarnos solamente con la ropa", describe.

    La selección de los prisioneros por parte de los nazis separaba a las mujeres sanas y fuertes de las frágiles. Sara quedó de un lado y su madre del otro, y se desesperó. Encaró a un alemán, "un gordo con un rebenque", que le dijo : "¿Cómo te atrevés a acercarte?". Ella, en alemán, le reclamó: "Me quitaste a mi mamá, y yo quiero estar con ella", arriesgándose a ser ella la incluida en la fila de las debilitadas. Pero el hombre se sorprendió de que hablara en su idioma. "Toda mi familia lo habla", alegó ella, y así consiguió que le permitieran salvar a su mamá y llevarla a su lado.

    Sara y su mamá, después de la guerra. Foto: Familia Rus
    Sara y su mamá, después de la guerra. Foto: Familia Rus

    Después, las desnudaron a todas. Les revisaron los cuerpos y el cabello. "Un piojo, tu muerte", se leía en un cartel. "Yo tenía dos trenzas largas que mi mamá cuidaba como el oro. Me las cortaron, me dejaron el pelo a la garcon. Nos llevaron a empujones a un baño, peladas y desnudas. Corría el agua y había vapor sobre los cuerpos de las prisioneras. Empecé a gritar 'mamá, mamá', y le pregunté a una señora que estaba sentada en un escalón si la había visto. Era ella, y yo no la había reconocido, de tan flaca que estaba, y con la cabeza rapada", describe Sara. "Imaginate la alegría de tenerla otra vez conmigo. De mi papá, en cambio, nunca más se supo nada", se lamenta.

    De Birkenau, las destinaron a una fábrica de aviones. Sara tuvo un grave accidente, por lo que la destinaron a la cocina. Allí, robaba papas crudas que les distribuía a sus compañeras en el baño, después de esconderlas en el forro de un abrigo. "Eran un manjar, nada me hizo más feliz que poder hacer eso. Porque éramos esclavas, dormíamos todas juntas en una pieza, éramos como 24", agrega.

    De allí, otra vez al tren. Esta vez, eran todas mujeres las que enviaban a Austria, al campo de concentración de Mauthausen. "Como no teníamos ropa interior, solo vestiditos, los alemanes empezaron a tirar bombachas. Hubo una avalancha, me caí y me pasaron por encima. Después vino una larga marcha. Mi mamá se desmayó porque no podía más, y yo creí que ya no respiraba. Las guardias alemanas me decían que la dejara, que me apurara, que ya no podía caminar. Pero le tiré agua y reaccionó", se maravilla.

    Cuando llegaron finalmente a Mauthausen, Sara robó un poco de manteca para alimentar a su madre y la forzó dentro de la boca. Las instalaron en una barraca, con mujeres que yacían en el piso. Algunas casi no se movían. "No sabíamos si estaban vivas o muertas. Las guardianas, las kapo, que eran judías, querían parecerse a los alemanes, nos mojaban con baldazos. Pero no por tratarnos mal se salvaron", aclara.

    Los aliados ya estaban cerca. "Las alemanas preguntaron quién quería irse con ellas, pero nadie se movió. Todas nos hicimos las desmayadas. No se si habrán pasado varias horas, pero llegaron los americanos. Armaron un hospital y mi mamá empezó a comer y se recuperó, pero entonces yo tuve que ser atendida, porque no me pasaba bocado".

    Sara y Bernardo se citaron en la puerta del edificio Kavanagh el 5 de mayo de 1945 , pero no pudieron cumplir.
    Sara y Bernardo se citaron en la puerta del edificio Kavanagh el 5 de mayo de 1945 , pero no pudieron cumplir.

    Después de la guerra, se reecontró con Bernardo, que sería el padre de sus hijos. Gracias a Evita pudieron llegar desde el Paraguay a Buenos Aires, después de estar varados en Formosa. Nacieron Daniel y Natalia, y creyeron que el sufrimiento había terminado. "Vinimos a la Argentina porque pensamos que era un paraíso, un mundo de libertad, y llegan unos nazis- se queja Sara, que se puso ese nombre porque se hacía llamar Zarenka-. Porque yo siempre comparé a los militares con los nazis, por lo que han hecho con tanta gente. Dicen que a los judíos los torturaban más que a los otros. Los agarraban por la misma causa, pero para los judíos era peor, cuentan. Me tocó que me sacaran un hijo, solamente porque era peronista. ¡Mirá el crimen que cometió!".

    Se unió a Madres de Plaza de Mayo y buscó a Daniel, que fue secuestrado a los 26 años. Sara subía a la terraza de su casa y gritaba su nombre pensando que él podría escucharla donde quiera que estuviese. "Todavía me llevo sorpresas. El otro día en una marcha, una mujer se acercó y me dijo ¿Usted sabe que yo fui novia de su hijo? ", sonríe.

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