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Norma Plá no creía en lágrimas

La recordada dirigente del movimiento de jubilados fue un personaje central en los reclamos para tener un haber digno. La vigencia de su figura enaltece la gesta inconclusa

Julio Bazán
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Julio Bazán

13 de agosto 2020, 11:52hs
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Dicen que cada miércoles ronda el edificio del Congreso el fantasma demandante de Norma Plá, símbolo perdurable de la lucha de una brava generación de jubilados rebelada contra la injusticia y la ingratitud de un sistema que vulneraba su dignidad. La persistencia de las penurias de millones de jubilados abona la vigencia de su figura y enaltece su gesta inconclusa. 

Menuda, estridente, áspera, volcánica, se caracterizó por enfrentar cara a cara a los funcionarios y legisladores para reclamar a los gritos la mejora de los haberes insuficientes. El grito de “Cuatro cincuenta” (la elevación a 450 pesos de la jubilación mínima que estaba en 150 pesos) fue la bandera, y Norma, la abanderada de los miles de jubilados que protestaron semanalmente por años frente al Congreso durante la presidencia de Carlos Menem, hasta que se los fue llevando la enfermedad, el suicidio o simplemente la edad. 

Murió de cáncer a los 63 años. Hasta el último suspiro se ilusionó con volver a las marchas de protesta, que la hicieron ingresar a la historia. Empezó a trabajar a los 13 años, apenas terminó la escuela primaria. Lavó y planchó para afuera, vendió golosinas en el baño de un bar y fue obrera en una fabrica de alimentos, pero nunca pudo jubilarse. Cuando la pensión de 150 pesos que cobró tras la muerte de su esposo no le alcanzó para mantener a sus cuatro hijos, dejó por primera vez su casa para protestar. Tenía 59 años. “Yo salí a luchar cuando tuve hambre”, solía explicar.  

En 1991, se sumó a la concentración de jubilados que permaneció casi tres meses frente a los Tribunales en torno a una olla popular, protestando por la mala liquidación de haberes, hasta que entre gallos y medianoche fueron desalojados en ambulancias por policías disfrazados de enfermeros. Antes, había conseguido destacarse al llevar una vaca de su barrio bonaerense semi-rural, para que en el campamento no faltara la leche.  

Reapareció en el Congreso, escenario principal de su cometido, cuando el gobierno desplegó policías y vallas para contener la protesta masiva hecha de estribillos, huevazos y carterazos. Fue entonces que desplegó una rara habilidad propia de equilibristas para encaramarse a altas puertas y rejas. Alguna vez, le arrancó la gorra de un manotazo a un uniformado que intentó bajarla, y la enarboló como un trofeo. No medía sus actos y, con ingenuidad y fiereza, reclamaba solidaridad de clase a los policías que la reprimían, enrostrándoles: “Yo te pago el sueldo a vos y estoy cagada de hambre”.

Norma y su trofeo de guerra: la gorra de un policía (DYN)
Norma y su trofeo de guerra: la gorra de un policía (DYN)

La detuvieron varias veces. La primera cuando se trepó a la puerta de hierro de la CGT para reclamar la solidaridad de los trabajadores activos con los pasivos. Presencié entonces su indignación y tristeza cuando la llevaban esposada. Primero pelada, y luego con una peluca, se resistió a que el cáncer la paralizara y prolongó sus incursiones en el Congreso y en tomas de la sede del PAMI. En el envión, llegó hasta Domingo Cavallo, el ministro de Economía que les negaba los 450 pesos mientras decía que necesitaba 10.000 pesos por mes para vivir. Mordaz, organizó una choriceada frente al lujoso edificio de la paqueta avenida Libertador donde vivía. Metafora del hambre frente al lujo.

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Era sólo el principio. Fue histórico cuando acorraló a Cavallo en un despacho del anexo del Congreso. Cuando el funcionario trató de conmoverla y esbozó un sollozo de cocodrilo apelando al recuerdo de su padre jubilado, ella le reclamó enérgica, sin creer en lágrimas: “No llore, señor ministro, tenga fuerza para defender a su padre y todo. No llore”. 

La pude entrevistar, cerca ya del final, en su casa del barrio San José, de Témperley. Aunque el cáncer hacía estragos en su cuerpo, aún conservaba intacta la fuerza de espíritu y el fuego de la indignación que la habían llevado a embestir contra políticos, rejas y edificios públicos durante cinco años. Es el atributo que más admiré de Norma y sus compañeros: la energía interna que desmentía el natural deterioro de la edad. A ella, la vi hacer saltar con sus manos callosas, en forma casi sobrenatural, un robusto candado que aseguraba las cadenas que reforzaban las vallas que solían caer arrastradas por la fuerza incontenible de la protesta. 

Hablé con ella en abril de 1996, y me contó de su esperanza de volver pronto a las movilizaciones apenas prosperara el tratamiento contra el cáncer que la consumía. Pero no pudo derribar la valla de la enfermedad, y dos meses después, murió. En cumplimiento de su voluntad, sus cenizas fueron esparcidas en la plaza Lavalle.  

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