Durante años, la remolacha fue una verdura injustamente subestimada. Asociada a ensaladas poco tentadoras o a guarniciones obligatorias, recién en las últimas décadas empezó a recuperar el lugar que merece en la cocina diaria.
Sin embargo, más allá de su color intenso y su dulzura natural, la remolacha es un ingrediente sensible: la forma en la que se cocina determina no solo su textura y su sabor, sino también cuánto de su valor nutricional llega efectivamente al plato.
Este vegetal es una fuente interesante de fibra, antioxidantes, folatos, potasio y compuestos bioactivos como las betalaínas, responsables de su característico color rojo violáceo.
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El valor nutricional de la remolacha
El problema es que muchos de estos nutrientes son hidrosolubles o sensibles al calor excesivo. Por eso, hervirla sin control o cocinarla de más puede transformar a la remolacha en una verdura deslucida, aguada y con menos beneficios de los que podría ofrecer.

Entender cómo reacciona la remolacha frente a los distintos métodos de cocción es clave para aprovecharla al máximo. No se trata solo de elegir entre hervor, vapor u horno, sino de respetar ciertos principios básicos que ayudan a conservar tanto el sabor como la nutrición.
Cómo cocinar la remolacha para conservar sabor y nutrientes
- Cocinarla siempre con piel. La cáscara funciona como una barrera natural que protege los jugos, los azúcares y el color. Pelarla antes de cocinarla provoca una mayor pérdida de sabor y nutrientes. Una vez cocida, la piel se retira con mucha facilidad.
- Evitar cortarla antes de la cocción. Cuanto más entera llegue al fuego, menos superficie quedará expuesta al agua o al calor directo. Cortarla cruda acelera la pérdida de minerales y vuelve la textura más blanda.
- Usar poca agua si se hierve. El hervor es el método más común, pero conviene hacerlo con la menor cantidad de agua posible. La remolacha no necesita “nadar”: apenas cubierta alcanza para que se cocine de manera pareja.
- Comenzar siempre con agua fría. Llevar la remolacha al fuego desde agua fría permite una cocción más gradual y reduce el impacto térmico, ayudando a preservar mejor su estructura y su sabor.
- Agregar sal desde el inicio. La sal ayuda a fijar el color y realza la dulzura natural de la remolacha. No es necesario salar en exceso, pero sí evitar dejarla completamente insípida durante la cocción.
- Controlar el fuego y los tiempos. Un hervor fuerte rompe fibras y diluye sabor. Lo ideal es una cocción suave, a fuego medio. El tiempo varía según el tamaño: entre 30 y 60 minutos. Está lista cuando un cuchillo entra sin resistencia.
- Preferir la cocción al vapor para conservar nutrientes. Al no estar en contacto directo con el agua, el vapor reduce la pérdida de minerales y antioxidantes. El resultado es una remolacha más concentrada y sabrosa.
- Elegir el horno para potenciar el sabor. Asar la remolacha intensifica su dulzura natural. Envuelta en papel aluminio o cocinada entera, se cocina en sus propios jugos y desarrolla un sabor más profundo.
- Evitar temperaturas de horno demasiado altas. El azúcar natural de la remolacha puede quemarse y volverse amargo. Un horno medio y paciencia son clave para un buen resultado.
- No enfriarla bajo el chorro de agua. Dejar que la remolacha repose y se enfríe sola permite que termine de asentarse la textura. El enfriado brusco puede volverla acuosa.
- Pelar y cortar recién después de cocida. Una vez fría o tibia, la piel se desprende fácilmente y la pulpa mantiene mejor su estructura, lista para ensaladas, purés o platos calientes.
- Aprovechar el agua de cocción. Si se hierve, ese líquido teñido y aromático puede usarse en caldos, sopas o incluso para dar color a arroces y pastas.
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Desde el punto de vista nutricional, es importante saber que algunas vitaminas, como el ácido fólico, se degradan con cocciones prolongadas. Por eso, los métodos más suaves —vapor u horno— son los más recomendables si el objetivo es conservar nutrientes. Aun así, incluso cocida, la remolacha sigue siendo un alimento valioso, con antioxidantes y fibra que resisten bien el calor.
Cocinar remolacha no es difícil, pero sí exige atención. Respetar su piel, controlar los tiempos y elegir el método adecuado transforma una verdura muchas veces subestimada en un ingrediente protagonista. Bien tratada, la remolacha devuelve todo lo que promete: sabor intenso, textura agradable y una carga nutricional que vale la pena cuidar.



