Good morning, Baltimore! La adolescente Tracy Turnblad saludaba a su ciudad con los brazos y la sonrisa abiertos, como queriendo abarcarla en su nuevo día. Feliz en su cuerpo poco normativo, con su uniforme escolar y el pelo batido a la moda. Su mundo de ensueño sucedía en la pantalla de la televisión, que transmitía el concurso de baile al que aspiraba. Y por qué no, si soñar es gratis y la música, el baile y el ritmo conformaban un salvataje en el que crecer con cierta alegría, en medio de una sociedad fragmentada por la segregación racial y las tensiones de los años sesenta en Baltimore.
La ciudad del creador de Hairspray, el genial John Waters, y en la que suceden casi todas las historias de su cine. ¿Podía la juventud empujar el respeto por los derechos civiles cantando, bailando y con las hormonas estalladas? Mientras Buenos Aires disfruta de la extraordinaria nueva versión del musical, basada en la película de 1988, vale un repaso de esos orígenes inscriptos en la historia del cine y del camp: de la cultura pop más extravagante y kitsch.

En verdad, “el rey del vómito” Waters ponía distancia con Hairspray de su veta más punk y subversiva. Como en su film más famoso, Pink Flamingos (1971), la drag queen Divine, su actriz fetiche, era protagonista. O coprotagonista: la increíble ama de casa Edna, mamá de Tracy, plancha en mano. Pero lejos de comer caca de perro (sic) en cámara, y de las producciones caseras que le habían ganado con justicia su fama de enfant terrible, disfrazó su virulencia bajo faldas acampanadas y laca para una comedia musical ATP.
Divine es Edna y también el director del canal de televisión, y nada menos que Debbie Harry, la líder de Blondie, es Velma Von Tussle, la productora racista dispuesta a todo para que su hijita hegemónica gane el concurso. Eran tiempos del rock and roll de piruetas, de coreografías tan complejas como contagiosas, la música de negros de ritmo irresistible pero prohibida: no se permitía la mezcla y los negros tenían su día y lugar específico para bailar entre ellos.

Historia de entrañables perdedores, derribadora de prejuicios, divertida y llena de humor, con una catarata de canciones increíbles, Hairspray pasó del cine al musical de Broadway. En 2002, el estreno de la versión teatral se convirtió en un éxito merecedor de varios premios Tony. Unos años después, volvió al cine, en la versión del director Adam Shankman (Más barato por docena), con John Travolta como Edna, Zac Efron, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken y Nikki Blonsky como Tracy, la protagonista.

En Buenos Aires, siempre siguiendo la tradición de un hombre como Edna, Enrique Pinti la encarnó memorablemente, con la entonces debutante Vanesa Butera como Tracy, en un trabajo consagratorio. Butera había ganado el reality Yo quiero ser, que puso al aire eltrece, conducido por Andrea Politti con el objetivo de encontrar a la protagonista.

Ahora Edna es Damián Betular, que está perfecto en su nuevo rol de actor capaz de bailar y cantar. Es que todo en la nueva versión, que puede verse en el Teatro Coliseo, luce impecable. Para empezar, antes de mencionar al elenco y hablando de luces, pocas veces se ha visto una puesta iluminada con tanta creatividad y precisión; las distintas escenas, y son muchas, parecen cine.
Se destaca también la traducción, un asunto para nada menor. Si las palabras pueden arruinar la recepción de una puesta importada, de las que hoy dominan la cartelera porteña, más cuidado debe aplicarse a una como esta, en la que los fans se saben las canciones de memoria. Así que aplausos de pie para Marcelo Kotliar: las buenas ideas de traducción brillan por sí solas.
Más. Las coreografías de Vanesa García Millán, la dirección vocal a cargo de Eugenia Gil Rodríguez, la dirección de actores de Laura Oliva, la musical de Damián Mahler, la dirección de Fernando Dente y por fin, un elenco excepcional.
Acompañan al debutante Betular intérpretes con mucho teatro musical encima, como Alejandra Radano (Velma) y Sofía Morandi (Barbie). Bailan, cantan, actúan y transmiten unas ganas increíbles Andrea Lovera, Sonia Savinell, Leo Bosio, Joaquín Scotta, Ian Ferreira, Paula Chouhy, Santiago Toledo, entre muchos otros.

En el centro de todo eso, la estupenda Belén Bilbao como Tracy Turnblad, su primer protagónico. Tiene 28 años, integra el trío Vocat y está ahí, brillando sobre el escenario, después de presentarse para el rol entre cientos de chicas. Hay que verla y escucharla. Dejarse tocar por su naturalidad para cantar, reír y emocionarse, pequeño gran corazón de una puesta angelada, en la que todo salió bien. Sin duda merecedora de premios, pero sobre todo destinada a perdurar.


